Una noche, doce años, dos horas.

A Richard Wagner se le atribuye haber acuñado el concepto de la obra de arte total; gesamtkunstwerk, para mayor claridad. El extravagante fanático de Schopenhauer buscaba crear una obra que incluyera a todas las formas del arte. Claramente es una exageración decir que La noche de 12 años de Álvaro Brechner es una obra de arte total, o siquiera que aspira a hacerlo—que no lo hace—; más justo sería decir que el arte contemporáneo aspira a ser una obra de arte total y que la película de Brechner aspira a ser arte contemporáneo. Para zanjar la cuestión de un tacazo, bástenos concluir que la manera en que el director consigue mezclar literatura, música, interpretación y visuales, es bastante magistral.

            Netflix incluyó a la película entre sus estrenos navideños. La liberó al público el 29 de diciembre de 2018, un día después de habernos dado al primer leviatán de película del universo Black Mirror. En la imagen de cubierta hay un hombre con una venda en los ojos, y los colores oscuros invitan a pensar que es una película de terror. Si bien el tema es terrorífico—estamos hablando del cautiverio de tres miembros de la resistencia tupamara en el Uruguay de Bordaberry—, la ejecución de la cinta no podría haber resultado más bella. Brechner nos ofrece un filme de dos horas en que nos cuenta los doce años de cautividad de Mauricio Rosencof, Eleuterio Fernández Huidobro y José Mujica.

            El argumento tiene todo lo que hace falta para matar de aburrimiento al espectador, y de paso quebrarle la cabeza al director de la cinta. ¿Quién puede hacer el malabar de contar doce años de apresamiento y al mismo tiempo mantener la atención de la audiencia? Pero además de esa facultad mortífera, el argumento también tiene el atributo de que puede ser contado de múltiples maneras. Doce años es mucho tiempo, especialmente para pasar tras las rejas, y con mayor razón si las rejas son del enemigo. ¿Habría que contar cada oprobio, prodigar en detalles violentos? ¿Habría que hacer sentir al espectador las horas de tedio, los lentos minutos arrastrados, el silencio y la desesperanza? Brechner no lo creyó, tampoco creyó en el tedio tras la historia. En cambio, decidió contárnosla a la manera de Cortázar o de Vargas Llosa. La película es casi una voz en la literatura.

            La noche de 12 años tiene escenas en las que el tiempo no importa, voces que hablan y no hablan, días mezclados con noches, un cierto humor particular. Hay una escena en que uno de los personajes habla con su madre frente a frente a plena luz del día, aunque no sabemos si realmente es así, porque al mismo tiempo nos la muestran a ella aguardando a por información del paradero de su hijo, en la noche, bajo la lluvia. En otra escena hay un cautivo que escucha a sus guardianes hablar de frustraciones en el amor mientras una radio insoportable (el sonido puesto en primer plano en la película) habla, pero esto sólo lo sabemos hasta el final; al principio son una voz sin rostro, que junto a las luces y los enfoques hacen que sospechemos la proximidad de la locura. Hay una escena mágica en que a un cautivo le levantan la capucha.

Pero La Noche de 12 años no es sólo los trucos del realismo mágico; también es todo lo demás de América Latina. La ternura, por ejemplo: en un momento un cautivo (adulto) se refiere a su madre como mami; en otro un guarda cuenta al cautivo que su hija ya no le habla y con ojos sinceros declara ‘eso duele’, en uno más hay una inscripción que dice ‘proivido pasar’. O la añoranza: hay dos ocasiones en que los presos reciben noticias y estas noticias son del mundo: ABBA ganando Eurovisión, la muerte de Pompidou, también hay otras dos ocasiones en que el Nocturno 2 en E mayor de Chopin y la Habanera de Bizet suenan espléndidos; América Latina, en especial el Cono Sur, siempre ha mantenido esta relación especial con Europa. O incluso la violencia, la supresión, la lucha: una delegación internacional haciéndose la de la vista gorda frente al régimen; una noticia manipulada por  la dictadura, sorprende especialmente lo bellas que son las escenas de tortura; el tratamiento que se les da no es morboso, ni siquiera excesivamente gráfico: hay gaviotas, el mar, viento sobre el trigo, una reunión de torturadores celebrando que haya un sótano grande, descargas de electrochoque en la cabeza de alguien, son momentos casi suaves, casi temperados. La película recuenta el alma desnuda de América Latina: la exageración, la brutalidad, la fragilidad, la manipulación, la esperanza, el aguante, la evasión, la magia, la alegría, la ignorancia, todo está incluido en las imágenes. La escena de cierre es muy emotiva, también muy bella.

La noche de 12 años es todo lo que pudo salir bien y lo hizo. Las críticas han dicho que los flashbacks son redundantes y sosos, pero para aquellos que no están familiarizados con la historia del régimen dictatorial del Uruguay, estos momentos son iluminadores. La sucesión de imágenes, la escogencia de sonidos, las luces, los actores protagonistas (de entre los cuales, uno de tres es uruguayo), son todas dignas de loa. Brechner decidió contarnos una historia a la que él sintió como suya y como necesaria, y para entregárnosla echó mano de todo aquello que además de uruguayo, lo hace latinoamericano. El arte se renueva en América Latina, y en su avance no olvida a quienes sembraron la cimente de su cultura en el siglo pasado. La noche de 12 años no está poblada de oscuridad, por el contrario, nos baña a todos con su linda luz.