Lo que no puedes ver

Azul con formas

En 2014, junto a Interstellar y The Theory of Everything— en el primer caso, más ‘bajo’ que ‘junto a’, en realidad—se estrenó una extraordinaria película llamada I Origins. Verla es, en cierto modo, fundacional. Discute temas que son estimulantes, como la física, la metafísica, la biología y la religión; su ejecución es brillante. Una de sus escenas más místicas muestra a los dos protagonistas, él y ella, en el laboratorio, discutiendo sobre gusanos. Ella, hippie, le riñe por torturar a las criaturitas. Le dice que es peligroso jugar a ser Dios. El, científico, descree de cualquier ‘espíritu mágico invisible, viviendo sobre nosotros’; dice necesitar pruebas para creer en la existencia de algo. Ella pregunta ¿cuántos sentidos tiene un gusano? Dos, responde él: tacto y olfato. Entonces, ella razona, para los gusanos el concepto de luz no existe, en tanto que para nosotros los humanos, la luz está en todas partes. Basta una pequeña mutación para que los gusanos vean la luz. Quizás pase lo mismo con algunos humanos, que han mutado para tener otro sentido, uno espiritual, y pueden percibir otro mundo justo alrededor de este, en todas partes.

La idea es hermosa y aterradora. Los sentidos no son vehículo infalible para la comprensión de la realidad.  El efecto McGurk hace que los sonidos se distorsionen por injerencia de la vista, la ceguera inducida por locomoción roba objetos innecesarios a los ojos, la ilusión de la mano de caucho hace que la piel sienta cosas que no están pasando. Pero si además de traidores, los sentidos no son suficientes para que el cerebro procese lo que ocurre fuera de su cápsula craneal, es necesario admitir que la existencia puede ser más inquietante de lo que esperábamos. Alistemos los motores de paranoia. Sin embargo, ¿en verdad se equivocan los sentidos cuando el humano decide que se equivocan? ¿O por algún feliz accidente han llegado a notar algo que verdaderamente está allí y que normalmente no puede ser percibido? ¿Qué está ocurriendo fuera que nuestros sentidos no quieren—o no pueden—mostrarnos?

Varias cosas, parece. Una en especial sirve para ejemplificar: la cuarta dimensión. Con ella es todo frustrante. Tradicionalmente hemos contado tres dimensiones: ancho, alto y largo (la ‘cuarta dimensión’ es el Tiempo, porque aparte de las coordenadas físicas, también es necesario localizar a los eventos cronológicamente, aunque ya veremos qué dice Einstein al respecto) que podían ser representadas, más no dibujadas, en un plano cartesiano mediante la asignación de tres coordenadas x, y, & z. Si quisiéramos traslapar una figura tridimensional desde el plano hasta el mundo en tres dimensiones, podríamos desarrollar el sólido dibujando la figura en un cartón, cortándolo, pegándolo y obteniendo, por ejemplo, un bonito cubo o un bello icosaedro. Ahora, ¿Qué de terrible sería si a estas coordenadas x, y & z decidiéramos adicionar una más? Una w, por ejemplo. Trazarla en el plano es posible. Matemáticamente, no hay por qué detenerse en tres dimensiones. Un nombre como ‘ancho’, ‘largo’, o ‘alto’ para una cuarta dimensión no existe, pero esto no implica que no pueda existir tal dimensión, o una onceava, o una veintiunava. El problema, y este es el verdadero quebradero de cabeza, es que no podemos dibujarlas en un cartón para saber cómo se desarrollan en nuestra realidad. Nuestra biología—quien sabe si no el conjunto entero de nuestra realidad física—no está preparada para percibir dimensiones físicas más altas de la tercera. Por mucho que queramos, no podremos adicionar al cubo o al icosaedro un hermoso teseracto de cartón.  

Pero no todo son penas. Por otro lado, hay algunas cosas que hemos comenzado a ver. El color azul, por ejemplo. Si prestamos atención, este no es un tono que parezca gustarle mucho a la naturaleza. Aparte del cielo, el mar, una guacamaya, quizá una rana, una araña y tal vez un par de mariposas ¿cuánto hay del reino natural que sea azul? Los primeros ministros británicos no siempre han sido brexiteers; eventualmente también han sido listos. Fue William Gladstone, en 1885, quien notó que Homero se refería constantemente al ‘vinoso’ Ponto en su Odisea, y no utilizaba la palabra azul, ni una vez. Releyó la epopeya para encontrar rojos, amarillos y negros, pero ni una sola vez el color del cielo. Lazarus Geiger, filólogo, notó que ni los islámicos, ni los hindúes, ni los vikings, ni los chinos, tenían una voz para el azul. Sólo los egipcios aficionados del kohl tenían una voz para ese color. Parece que el azul es algo que hemos empezado a ver desde hace poco. ¿Qué ha pasado?, ¿evolucionó alguna delicada parte de nuestro ojo para interpretarlo como el color de la distancia?[1], ¿o es sólo que ahora tenemos un nombre para él? Jules Davidoff quiso saber más sobre este color y viajó hasta Namibia para entrevistarse con la tribu de los Himbo, pues aprendió que su lenguaje no distinguía entre el azul y el verde. De los experimentos de Davidoff resultó que los Himbos tenían problemas identificando el color azul cuando se les mostraba junto al verde, pero en cambio, como su lenguaje tenía matices de significado para el verde, los aborígenes eran capaces de identificar más tonos de este color que los británicos, por ejemplo[2].

¿Qué significan las situaciones anteriores? En una de ellas tenemos eventos que sabemos que existen, pero para cuya comprensión no parecemos físicamente equipados. En la otra, tenemos un evento al que parecemos haber podido identificar de algún modo hace relativamente poco. Quedémonos con la segunda situación. ¿Es el lenguaje—la psicología—el que nos impide ver la realidad tal y como es, o es, como con el gusano de I Origins, la carestía de algún órgano esencial? Es divertido, porque si nos inclinamos a pensar que con nombrar una cosa basta para que esta exista y para facilitar nuestra comprensión de ella, ¿por qué no nos ha funcionado con la cuarta dimensión? ¿estaremos en algún momento preparados para percibirla con nuestros sentidos?, ¿nos falta aún un tramo de la evolución para llegar a la comprensión física de esas cuatro coordenadas en el plano cartesiano? No hay razón para pensar que el azul y la cuarta dimensión no han existido desde el principio; por navaja de Ockham, estoy más inclinado a pensar que somos nosotros quienes hemos variado para encontrar de repente estas dos realidades, una más pronto que la otra.

En el aclamado libro de Bill Bryson A Short History of Nearly Everything, está escrito que los físicos y los genetistas del siglo XX creyeron que faltaba poco para encontrar el final de sus respectivas ciencias. El siglo XXI ha probado que o bien estos científicos eran poco ambiciosos, o que los campos del conocimiento pueden ser infinitos, si se los estira lo suficiente. Pero es posible que los humanos vivamos en general con una suerte de aceptación pasiva de ese postulado en desuso. Nos parece que la realidad es tan solo aquello que vemos, y quizás un poco más, si estamos dispuestos a imaginarlo. Sin embargo, ¿cuánto nos estará aún velado de lo que es la verdadera realidad?, y lo que es más estimulante aún, ¿nos será dado algún día desvelarla completamente?

© Nicolás Tascón, del texto, 2019; Pixabay, de la foto, 2019.


[1] ¿Es por esto por lo que al azul lo asociamos con la tristeza?

[2] No one could describe the color ‘blue’ until modern times, Kevin Loira for Business Insider, 2015

Incluso después de que la muerte nos separe: altruismo y egoísmo.

La leyenda va de que Gilgamesh tenía un mejor amigo medio extraterrestre y peludo que murió, y al que él va y busca al Inframundo porque no soporta su pérdida. Bromance verdadero. A Gilgamesh le copió el turismo al Infierno Ulises el intrépido, y a él, no sólo en el episodio del Averno sino en las demás aventuras, también lo copió el osado Eneas. Porque era anti-mainstream, y para desligarse de los viajes físicos, Er entró en catatonia y nos mostró un Purgatorio en el que luego Dante concurriría, y de aquí en adelante, la lista de copistas del gran poeta italiano que visitaron la Infratierra es tan extensa como para disuadirnos de intentarla. A pesar de que todos los ejemplos anteriores son dolorosamente Occidentales—dejaremos por fuera a las labores cíclicas de Vishnú, Shiva y Brahma y a los Cinco Soles aztecas—el punto es que los humanos nos recreamos sin parar en nuestras variopintas escatologías.

            Preguntarse el por qué a estas alturas del partido es una idiotez. Cualquiera que sea la ciencia que estudia las causas de las religiones ya ha dejado claro que piensa al mismo tiempo que creemos en la posvida porque en esta vida no nos fue tan bien, o porque, por el contrario, todo salió de maravilla. El fin de esta nota no es ocuparse de las génesis de nuestras elucubraciones metafísicas, sino más bien notar que, como con el tiempo o la memoria, la experiencia tras nuestra muerte es otra más de nuestras obsesiones impenitentes.        

            Y lo es porque aún hoy seguimos reinventándola. Miguel, de la película Coco, es un Eneas latino e infantil. Asuna de Viaje a Agartha es Orfeo versión mujer. Pero nuestra modernidad se ha encargado de imprimir su firma en cada reforma. A las postrimerías no podemos entenderlas a través de un muerto que vive en la muerte; aún es necesario que un congénere emprenda la travesía a pie hasta el otro lado de la existencia, y que regrese para contarnos qué nos aguarda en el más allá. Los paisajes que nos esperan en el sueño eterno se parecen cada vez menos al oscuro Hades griego, y cada vez más a la deslumbrante claridad de la pos-Narnia Lewisiana. Los personajes que poblarán nuestros días poscorporales no son los lánguidos lémures del Averno helénico o los querubines de la mitología cristiana, sino más bien los amigos de Oscar Wilde. Y parece que todos coinciden en que en el otro mundo los colores han mejorado y hoy están disponibles en HD. Sin embargo, los cambios con que hemos pintado a la posvida son ornamentales, si se quiere; los móviles que nos empujan a realizar el Gran Viaje a la Oscuridad siguen intactos incluso después de cuatro mil quinientos años de ensayos.

            ¿Quién estaría dispuesto a adentrarse voluntariamente en la aventura más tenebrosa en la experiencia humana? ¿Por qué razón alguien abandonaría el calor de su vida para adentrarse en los pasillos de ese gran terror que es la muerte? Parecieran preguntas que se formula un loco, si todos no estuviéramos pensando justo ahora en la misma razón. Ulises llora cuando Circe le anuncia que debe buscar a Tiresias en el Hades para proseguir con su camino a Ítaca, pero la esperanza de volver a ver a Penélope es motor suficiente para alentarlo. Gilgamesh quiso tanto a su amigo Enkidu que no dudó en emprender el camino para reestablecer su vida y asegurar su propia inmortalidad. La tristeza de Orfeo era tan insoportable que los dioses le pidieron descender al Inframundo para salvar a su amada Eurídice, y la fuerza de su pasión tan grande que con su lira logró dormir al temible Cancerbero y violar las protecciones del Palacio de los Muertos. Asuna viaja a Agartha para buscar a Shun, su amor suicida, y Morisaki sólo ansía recuperar a su esposa Lisa. Estos héroes no buscaban glorias, no se placían de su travesía a la Infratierra, pero tampoco dudaron en completar sus viajes porque lo que perseguían era más grande que ellos.

            Parece ser que lo único que nos hace pensar en sacrificar nuestro propio bienestar sin vacilaciones es el bienestar de aquellos a los que amamos. La única razón por la que nos someteríamos a los trabajos de la muerte sería la esperanza de recuperar a los que nos han sido caros y que se han ido. Los sociólogos que creen que lloramos a nuestros muertos por el egoísmo de no tenerlos más con nosotros se ven validados por las epopeyas. Son todas exageraciones de nuestra impotencia, fruto de nuestro pueril deseo por la inmortalidad. Inventamos historias para satisfacer nuestro duelo y nuestro intenso anhelo de tener a los que queremos de vuelta. Y si bien estas leyendas tienen la apariencia del altruismo y del desapego, la pulsión de la que nacen es la posesión frustrada.

            Pero qué visión más lúgubre, sin embargo. Uno puede escoger creer todo lo anterior, es claro. La ciencia lo valida y nuestro siglo es su más irrestricto fanático. De cualquier modo, a mí me gusta más creer la otra verdad, la de la doctora Brand en Interstellar. Como la gravedad, el amor es esa cosa que podemos observar capaz de trascender las dimensiones del espacio y del tiempo. Esa fuerza que nos guía hacia delante y por la que emprendemos los esfuerzos más variados. Por la pérdida de un ser amado alguien sintió la necesidad calcinante de crear fármacos oncológicos que funcionan, por la misma añoranza alguien escribió toda una obra literaria que alivia el dolor propio y el de muchos más. Quizás no lo sabemos y es ese amor que parece egoísmo el verdadero anhelo que se esconde tras estas historias; el premio final que estos esfuerzos tienen para ofrecer. Quizás el producto sea el mismo medio para encontrar un alivio, y la recuperación momentánea del ser querido, e incluso la inmortalidad. Pero no tenemos idea. Quizás todo esto sólo nos sea dado saberlo del otro lado de la eternidad.

            © Nicolás Tascón, del texto, 2019.