¿Amor o crimen?: un par de dichos.

Un primer animal del Bestiario Idiomático.

El día pasa y uno escucha cualquier cantidad de bestias dialécticas, sin pararse ni un instante a pensar en ellas. A mí esto es que nunca deja de fascinarme. . Todas las culturas tienen sus propios lugares comunes del lenguaje, que son más como alcázares seguros, los dichos que configuran sabiduría popular e identidad cultural. En inglés van por el nombre corriente de sayings, en francés son los ditons, y en mandarín (en pinyin, mejor) se llaman chengyu. Del chino hay uno que se ha puesto muy de moda últimamente, por aquello de la crisis relacional entre Canadá y el gigante asiático, y es sha ji xia hou, matar a la gallina para asustar a los monos. La frase es aterradora, eso no se pone en duda, pero para un occidental, la mezcla de gallinas y monos en un solo renglón es lo suficientemente inusual para hacer que resulte simpática. Uno se pregunta qué situación la produjo. En igbo hay una expresión muy hermosa, usada por Chinua Achebe (en inglés) en su espectacular Things Fall Apart: romper el corazón de un león. Nada hay más fuerte que el espíritu del rey de la jungla, y para quebrarlo, uno siente sin palabras qué es lo que hace falta. Y de seguro habrá muchas más en suahili y en pashto que no conozco, allí esperando para que las descubramos y disfrutemos de ellas.

            Ahora, lo que me lleva a escribir esta notita no es un lugar común de los propiamente dichos, aunque bien puede estar camino a serlo. Se trata más bien de una bestia dialéctica de la que fugazmente disfruté, y que quisiera compartir. Es de una canción popular, va así: ‘tus recuerdos no me dejan dormir’.

            Nada hay en esta frase que no sea maravilloso. Primero, me parece tan hermosa como el dicho igbo, pero también tan inesperadamente simpática como la expresión china. Siendo uno hispanoparlante, entiende intuitivamente que hay una persona que está intentando dormir, pero que ante el ojo de su mente se dibujan recuerdos sobre otra persona, que le distraen y frustran sus esfuerzos (o desfuerzos) oníricos. A esto lo sentimos como bello, porque posiblemente a todos nos haya pasado que eventualmente de noche no conciliamos el sueño por pensar en alguien a quien queremos, y porque podemos identificarnos con este narrador. Pero lo divertido es que, en realidad, eso no es lo que dice la frase. La persona que habla dice que son los recuerdos de la otra persona los que no le dejan dormir. De repente estamos hablando de metafísica pura y dura, así, de sopetón. El narrador, sin que se nos explique cómo, ha adquirido la capacidad asombrosa de robar recuerdos ajenos, y los medios aún más increíbles de reproducirlos en su propia mente. ¿Es verdad que no puede dormir de amor y de añoranza? ¿O lo que está sucediendo es que lo que ve en la mente robada del otro es tan perturbador que tiene dificultades para entregarse al sueño? ¿Cómo se hizo dueño de estos recuerdos? ¿Es un criminal?, ¿un heredero? La frase nos escala desde la intuición del amor a la intelección, tal vez, de una precuela fantástica. Y esa es una de las cosas más hermosas del lenguaje

            El instinto lógico del idioma en algún momento dictará que estamos locos, y que vemos cosas donde no las hay, porque lo que el narrador quiso decir es que está enamorado. Pero si dejáramos que el intelecto maldito nos dictara el significado, veríamos que nuestra sospecha de los superpoderes del narrador no es para nada infundada, y de seguro querríamos indagar sobre las condiciones de su vida. Para evitarse estas disquisiciones, los programadores han optado por dividir a los lenguajes en formales (cuando carecen de ambigüedades) y no formales (cuando las portan). Pero aquí no estamos para tales necedades. Soy un hombre simple, que se la pasa escribiendo entraditas de blog, escuchando canciones por la calle, y pensando en lo que expresamente dicen las letras y que los autores definitivamente no querían decir. Estos pequeños chispazos de genio humano son suficientes para satisfacerme. Belleza hay hacia donde uno quiera mirar.

© Nicolás Tascón, del texto, 2019.