You: digámosle amor, ¿cómo más?

Netflix estrenó la primera temporada de la serie You el 27 de diciembre de 2018. La descripción la mostraba como la historia de amor de un obsesivo, y uno más o menos presiente qué es lo que está por venir. Lo primero bueno es la música, claro, es de un señor que se llama Blake Neely, músico también de Riverdale y de DC, que alguna idea ha de tener sobre cómo hacer buenos soundtracks. Son sonidos altos y afilados, y uno piensa por qué, si desentonan con el ambiente tradicional de una librería. Ese es el primer lugar al que nos lleva la escena de apertura, y dentro de él, nos muestra a un tipo que tiene la voz gruesa de Penn Badgley y que mira a una muchacha preciosa con la cara Elizabeth Lail. Ella se acerca a él y le pregunta por un libro, en el mostrador—él resulta ser jefe del sitio—le habla inteligente y lo enamora. El problema es que el tipo se enamora mal, y comienza a perseguirla, haciendo toda clase de locuras de acosador.

            El episodio piloto está muy bien hecho. Uno se pregunta todo el rato qué es lo que está viendo, ¿suspenso? ¿amor? ¿la introducción a un documental de psicopatología Millenial?, la música peligrosa sigue por allí rondando y aleteando, pero nuestro acosador es un hombre bueno. Ama los libros, ayuda a los niños, esté enamorado. Nada más lejos de la inestabilidad emocional. El final está en sucesión intercalada de imágenes, las unas muestran a nuestro protagonista enseñándole a su niño apadrinado cómo rehacerles las solapas a los libros (químicos, pegamento y mazo incluidos), las otras nos lo muestran teniendo una conversación con el hombre al que su mujer-objetivo ama y que la maltrata, en un ambiente más bien digno del sótano del doctor Lecter. Ahora podemos entender por qué la musiquita de notas altas.

            Los otros nueve episodios nos van sumergiendo en la locura y otras cuantas emociones. La estructura de la serie es la misma de 13 Reasons Why, y probablemente de cualquier otra serie que primero haya nacido siendo un libro del género comercial. Los episodios son capítulos, o aglomeraciones de capítulos, repletos de referencias literarias—occidentales; estadounidenses y francesas, para ser más precisos—y de una muy buena selección de canciones. A ratos se parecen a Hannibal, o recuerdan al Barba Azul de Charles Perrault, o adquieren el mismo sonsonete de La Casa de las Flores y Rubí. Hay escenas muy bien logradas. En unas, uno se pregunta por qué está simpatizando con un criminal, o por qué lo justifica, o incluso por qué lo añora; en otras uno tiene la evidencia en las narices y aún así se resiste a creer lo que es verdad; en unas más uno siente esperanza, luego desilusión, luego esperanza, luego asco, en un intervalo de pocos segundos. También hay escenas que son pequeños desastres para la trama. Hay un dictamen policial que hace que el espectador dude de las capacidades de la ley y el orden en esta ficción; hay un rastro de ADN dejado al azar al que se prefiere obviar, esperemos que de momento.

            Ahora los temas de la serie. Buenos. El más notorio es el de las relaciones. Las hay de todos los tipos, dentro del espectro patológico del contacto. Todas ellas son mortalmente tóxicas: en una hay un ególatra narcisista que busca la reafirmación de su grandeza mediante la disminución de su contraparte; en otra  hay un controlador de homosexualidad inconfesa, que quiere dominio y victoria contra su competencia; en una más hay un manipulador diestro, que tiene el delirio de proteger a su contraparte, y cree saber leer  eventos objetivamente cuando lo que hace es ajustarlos a la lente de lo que quiere ver; en todas hay un personaje que lucha contra su pasado y contra su presente, al que todos los anteriores utilizan y vapulean, y que al final se encuentra con el desengaño. Otro tema es el de la autocrítica a los Millenials. Hay escenas en las que aparecen los estereotipos rancios de la generación: aparece una muchacha gorda que utiliza su condición, más la corrección política, para ganar seguidores en Instagram; aparece un probable hijo de Boomers con dinero que condescendientemente paga la renta de su amigo Millenial quebrado. Estas son las más exageradas. Las sutiles incluyen las carencias típicas de la generación: la depresión, el desdén por lo que es importante, la vida triste que no se muestra en redes sociales, la absorción que impide ver las cosas con claridad, la creación e inmersión en dramas innecesarios, la necesidad de visitar a un psicólogo. Otro tema es el de la ciberseguridad: la sensación de que un gobierno vigila nuestra actividad en línea es mucho menos terrorífica que la idea de que alguien cercano a nosotros pueda acceder a ella para utilizarnos. Al menos es más intensa. Otro es el humor oscuro: en una situación comprometedora, un personaje tiene requisitos dietéticos para su captor; otro personaje dice que no quiere tener sífilis otra vez, uno más escribe en un cuadernito de tapas rosadas los ingredientes de su puesta en escena suicida. Finalmente, el tema más diestramente manejado en la serie es el del gaslighting. Son varias las escenas en que uno de los personajes tiene la impresión de saber la verdad y otro lo contradice hasta hacerle creer que está loco, y que la realidad es diferente de la que verdaderamente es.

            You es una serie entretenida. Los chispazos de humor y de malestar están bien mezclados. Los diálogos son inteligentes y las actuaciones muy buenas. La trama es atractiva. Los errores son amenos. Y definitivamente, uno de sus más grandes logros tiene que ser haber recreado a un personaje amante de los libros con el que uno no pueda—ni quiera—identificarse. El final de la serie llega como una sorpresa justo cuando uno se debate entre el alivio, la angustia y el desagrado por lo que pasa, y deja al espectador en un cliffhancer monumental. Ya veremos cuál es la seguidilla de esta última redención.

Los Multiversos de Black Mirror

A los multiversos en la cultura los conocí primero a través de un libro que se llama El Castillo Prohibido. Fue escrito por Edward Packard, pensado para niños y está compuesto por 27 finales alternativos. El segundo en mostrarme el género fue Borges, con su Jardín de Senderos que se Bifurcan. Como ya me debía el concepto, la tercera vez que quise encontrarme con multiversos, consulté con la autoridad científica de Michio Kaku. Hoy 28 de diciembre de 2018, llego desprevenido a mi cuarto encuentro con el género a través de Black Mirror: Bandersnatch.

            El nombre es derivado de otro gran clásico de la literatura: Alicia a través del espejo. Pródigo en otros inventos, Carrol prefiere dejar en la oscuridad a este hijo suyo. Del Bandersnatch sabemos más bien poco: que aparece en el poema del Jabberwocky y en el de La Caza del Snark, que tiene un cuello largo y fauces frumosas, que es muy rápido y algo despiadado con los banqueros. Los postreros lo han imaginado como un jabalí, como un cruce entre bulldog manchado y gato blanco, como una oruga con fallas cardíacas, y que más no. La bestia imaginaria deja la impresión de estar hecha de aire liviano, tanto por ser diáfana en la definición como porque su único atributo material es ser escurridiza. Lo cierto es que es una elección extraña para nombrar a la primera película interactiva para adultos tanto de Netflix como de Black Mirror.

            En la cinta, Bandersnatch es el nombre de un endiablado libro de igual formato que El Castillo Prohibido, o que El Jardín de Senderos que se Bifurcan, aunque muchas veces más voluminoso que ambos. Fue escrito por un desquiciado que terminó cometiendo un crimen. El libro es inspiración para un programador joven de los años ochenta, que quiere realizar un juego de video en el mismo formato de creación de una historia con múltiples finales posibles. Quizás estos sean los únicos puntos en los que todos los espectadores podemos coincidir.

            La película es toda una experiencia. Cuando voy a verla en mi laptop, me encuentro con el primer impasse. Los personajes de capítulos precedentes de la serie se disculpan conmigo y un anuncio me indica que sólo es posible ver el largometraje en dispositivos que muestren la cubierta con una cinta arriba a la derecha. Pienso desistir, pero termino cambiando de dispositivo. Como me gusta tener todo preparado, agarro lápiz y papel, y comienzo a escribir las opciones que escojo y las que no, para ver cuántos caminos son posibles. Esto es un juego estadístico. Árboles de decisiones. Al final no me sirven de nada porque así de enrevesada es la trama. Aparece el joven programador, luego el juego me pregunta qué quiero para su desayuno.

            Tengo mi primer final a la cuarta decisión. El juego/serie me obliga a ser un antisocial. A la octava decisión debo hacer del protagonista un stalker. A la novena, intento preservar la integridad de su cuerpo, pero un interlocutor eventualmente obliga al protagonista a hacer lo contrario de lo que yo le indiqué. Este es mi primer choque directo la filosofía a través de la serie: el sistema en que vive el protagonista es determinista en la medida en que yo lo determino, sin embargo es estocástico en la medida en que el albur determina mis decisiones, pero además no es solipsista, porque no soy sólo yo quien determina el mundo determinístico del protagonista, sino también su amigo. Alucinante. A la onceava decisión, debo escoger para mi protagonista entre el suicidio propio o el de alguien más; descubro que la película espera de mí como espectador que mantenga a toda costa vivo al protagonista, y que inflija sufrimiento tanto como me lo permitan mis medios. No puedo mantener al protagonista lejos de los calmantes sin que termine la serie, no puedo cuidar de su mente destruyendo la computadora que lo recluye sin conocer el final, eventualmente debo escoger entre hacerlo un asesino o un enfermo mental. Y así es como la película me obliga a sacrificar la ética para satisfacer la curiosidad. A la altura de mi treintaicuatroava decisión, me encuentro con un primer final. Los finales están dictados por un comentario que hace algún joystickero de los años 80 por televisión dándole un puntaje al juego; a veces el protagonista está muerto, las otras veces está vivo pero en situaciones miserables, hasta donde sé, nunca hay un final feliz. Decido comenzar de nuevo.

            En unas cuatro horas de interacción con la película, encuentro al menos dos finales en los que se reproducen los créditos. Uno de ellos es violento y terrorífico, el otro es tristísimo. Ni siquiera sé si contarlos equivalga a hacer spoilers, porque la película es tan diversa que ya sería una suerte si al menos diez personas en diez kilómetros redondos hubiéramos visto la misma secuencia de escenas. Esa es una de las magias de la cinta. Otra de estas magias son los temas que trata, y en algunos momentos, las escenas con que los trata. El protagonista se queja ante un interlocutor de que siente que algo o alguien está decidiendo por él en las pequeñas cosas, y todos hemos sentido eso alguna vez. Un personaje le dice al protagonista que el pasado es inamovible, otro más le dice que el tiempo es discontinuo, sólo un constructo, que vivimos en múltiples realidades al mismo tiempo, que si escuchamos con atención podemos notar el código en que estamos escritos. Un personaje hace de Pacman la metáfora más triste. Un personaje indica que no existe la culpa porque todo está predeterminado, que el libre albedrío no existe. El protagonista (quizás en el momento más aterrador de la cinta) pregunta al cielo ¿quién está ahí? ¿quién eres tú? ¿por qué estás haciendo esto? y a uno se le eriza el vello de la nuca porque siente como que le están hablando directamente. El espectador tiene la falsa sensación de libertad; de que él decide qué está sucediendo, cuando lo que en realidad pasa es que debido a los puntos muertos, el espectador está siguiendo las instrucciones tácitas de los realizadores, así que ni siquiera él es libre de las influencias externas; el protagonista está doblemente atrapado en el determinismo, aunque en una escena reconoce que este fenómeno pasa, y se vuelve él mismo el realizador de un universo determinado para los personajes de su videojuego.

            Lo feo de ese último efecto es que así se falsean las escenas de terror, porque implican que el espectador debe sentirlo por fuerza, y no con naturalidad. A esto se suma el hecho de que el formato es cansino, o perfecto para el contenido subliminal; uno termina viendo la misma película muchas veces para modificar una sola decisión. Si bien es cierto que cuando termina la experiencia uno puede compartir con sus amigos los finales que vio, también es cierto que los excesos de violencia obligatoria o de tristeza gratuita terminan difuminando la película hasta la vaguedad. Finalmente, la tecnología pareció brillar por su ausencia en una serie que se fundamenta en el horro tecnológico del mundo moderno. La referencia a un videojuego parece distar bastante de aquellos perros robóticos y futuristas que cazaban humanos en el otro episodio de la serie dirigido por David Slade.

            A pesar de los grandísimos esfuerzos que debe haber supuesto escribir, producir, dirigir y realizar una película como esta, siempre es un alivio saber que no representará la totalidad de una temporada de Black Mirror. Los espectadores seguiremos esperando, ansiosos por saber qué nuevas pesadillas traerá para nosotros la quinta temporada.