Sobre la naturaleza de la luz del día: Max Richter.

Richter, el compositor

Primera parte del estudio titulado ‘Veinte toneladas de fuerza sobre las cuerdas de un piano’, enero 6 de 2019.

             Max Richter nació en la Alemania Occidental de 1966 y creció en Gran Bretaña. Su pueblo natal es Hamelin, como el del flautista, sólo que Richter prefirió el piano. Cita como influencias primarias a dos de los grandes: Beatles y Bach[1]. Dice que de niño tenía tonadillas bailándole en la cabeza todo el día, y que él las armaba y desarmaba a su gusto, como si fueran cositas de Lego. La música sigue habitándolo hoy, dice que componer es como su obsesión compulsiva, y que lo hace todo el tiempo, inconscientemente. Pudo haber sido un gran escritor, pero su cerebro decidió volcarse hacia la música, porque la palabra escrita no satisfacía los requisitos de su expresión. Se educó como compositor y pianista en la Universidad de Edimburgo y en la Royal Academy of Music. Fue estudiante del excéntrico Luciano Berio en Florencia, y en entrevistas ha dicho que este fue de los momentos más incisivos de su vida; tiene a Berio en una muy alta estima, y ha declarado que sintió que leía su mente; lo entendía como Richter hubiera querido.  En 1989 fundó Piano Circus junto a cinco colegas universitarios, y con ellos interpretó las obras de Philip Glass, Julia Wolfe, Steve Reich y Brian Enno[2]. Ha tocado en salas de concierto—que le disgustan por el protocolo—y en bares, más todo lo que hay entre uno y otro lugar, y no descarta la posibilidad de tocar en una sala de cine. Hasta el presente, Richter ha mantenido que sus trabajos son reaccionarios, que sus composiciones son protestas. Lo que le molesta, y frente a lo que se expresa con su música, son eventos tanto del pasado como del presente: conflictos en Europa del Este, los atentados de 2005 en Londres, el incesante frenesí de industrialización del siglo corriente. La crítica ha descrito a su música como clásica contemporánea y minimalista. 

Sobre Max Richter uno puede decir lo que Borges dijo de su amigo Macedonio Fernández: el cuerpo es casi un pretexto para el espíritu. Su mente es un lugar espléndido, un jardín muy bello, iluminado por luz linda y del que brotan las flores de la música, la literatura, la arquitectura, las artes escénicas.  Compone, produce y toca el piano; en 2010 trabajó con el coreógrafo Wayne McGregor para crear el ballet Infra, en 2011 dio música a la ópera Sum[3]; en 2012 creó los acordes para el Rain Room de Random International[4]; en 2013 participó en la creación del ballet Im Andern Raum para el SemperOper Ballett Dresden[5] y dio su melodía Embers a Woodkid en un featuring para su video de The Golden Age; en 2015 hizo la música para el ballet Woolf Works que luego en 2017 se convertiría en su último álbum hasta la fecha (si descontamos el relanzamiento de The Blue Notebooks en 2018, tras 15 años de su estreno): Three Worlds[6]. Richter inyecta su música en los proyectos de otras artes que le interesan, los va tiñendo con esos colores azules que él sin sinestesia siente en sus canciones[7].

Como les pasa a muchos hoy, a Richter se lo conoce más por sus participaciones en el cine. Su música da un mismo sonido a películas hechas en francés, alemán, italiano, árabe, hebreo o inglés. Participó, entre otros, en la creación de la banda sonora para Vals con Bashir (ואלס עם באשיר) en 2008, La Prima Linea en 2009, Womb en 2010, Wadjda (وجدة‎‎) y Last days on Mars en 2013, La Réligieuse en 2018. También compuso el soundtrack para series de culto como The Leftovers y el episodio Nosedive de la tercera temporada de Black Mirror. Una de las piezas más famosas de Richter, On the nature of daylight, ha sido espléndidamente utilizada en dos ocasiones por el cine: la primera en la película Shutter Island de Martin Scorsese, para la escena de la esposa; la segunda en la película Arrival, de Denise Villeneuve,en la primera escena de un flashback del futuro.

Sin embargo, lo más íntimo de su obra está en los álbumes, que hasta hoy son ocho. Recordemos que Richter nació en una Alemania que en realidad era dos, pero creció y se educó en Gran Bretaña. En Richter conviven un alivio de haber estado de este lado del muro y quizás una nostalgia triste no haber estado del otro; esa es la sensación que uno tiene tras escuchar algunas de sus composiciones más tempranas. Richter es también un hombre que ama la literatura, nos lo deja ver en los trabajos de su única autoría. En cierto modo, sus álbumes aspiran a la gran obra total con la que soñó su ambicioso coterráneo, Richard Wagner: incluyen piezas literarias, son narrados por la voz de un actor o actriz, son las interpretaciones propias del compositor sobre lo que significan los días que vive y las páginas que lee, pero como ya menciona otra entrada de este Blog, esto es un sesgo: el arte ha cambiado y ahora mezcla todas sus variantes, los artistas como Richter sólo hacen lo que todos los artistas: arte de su época.

El primero de sus álbumes, Memoryhouse, ha sido llamado de música documental; las piezas tienen por título eventos simpáticos (Laika’s Journey) o enajenados (Sarajevo, referente al conflicto en Kosovo); la segunda pieza, Maria, the Poet – 1913, no se refiere al poeta bohemio Rainer Maria Rilke, sino a la poetisa rusa Marina Tsvietáieva e incluye una narración de uno de sus poemas sin nombre; la novena pieza de este álbum, November, es, en opinión del autor de esta nota, la melodía más bella del conjunto; pocos violines hay más dulces y más tristes.

A este álbum le sigue The Blue Notebooks, llamado así por los ocho cuadernos de tapas azules en que Kafka reflexionó sobre la vida, el sufrimiento, el pecado y lo que es correcto. La primera de sus piezas contiene una narración de estos mismos cuadernos, leída por Tilda Swinton en inglés. La señora Swinton también presta su voz para leer las traducciones al inglés de los hermosos poemas del Nobel polaco Czesław Miłosz; la cuarta pieza del álbum incluye un poema sobre el deseo de detener el tiempo, la séptima otro poema sobre el deseo de volver en el tiempo. A la voz de Tilda Swinton la precede siempre el sonido de un tecleo sobre la máquina de escribir; el efecto es exquisito. Max Richter relanzó este álbum en 2018, y en él incluyo una pieza nueva llamada Cypher, inspirada en On the nature of daylight; la última melodía del álbum relanzado es un mash-up entre This Bitter Earth de Dinnah Washington y On the nature of daylight. Si Richter fuera Shakespeare, On the nature of daylight sería su Hamlet.

El tercer álbum, Songs from before, tiene al cantante británico Robert Wyatt por narrador, y sus piezas incluyen fragmentos de textos del escritor japonés muchas veces nominado al Nobel, Haruki Murakami. La segunda pieza referencia a Baila, Baila, Baila (ダンス・ダンス・ダンス, Dansu, dansu, dansu); la séptima y la novena se refieren a Al Sur de la Frontera, al Oeste del Sol (国境の南、太陽の西, Kokkyō no Minami, Taiyō no Nishi); la onceava parece directamente leída del japonés de lo poco que se distinguen los sonidos, y cita a Sputnik, mi amor (スプートニクの恋人, Supūtoniku no Koibito). Los sonidos de este álbum son porosos, y la combinación de ruido blanco más los suaves, etéreos acordes del violín le dan un efecto de ensoñación. El cuarto álbum se llama 24 Postcards in Full Colour. Richter ha dicho que, en 2008, cuando lo compuso, creía que los músicos estaban desperdiciando una oportunidad si no usaban el formato de ringtone para trabajar. El resultado de sus esfuerzos no son 24 postales sino 27 piezas sonoras que no superan en ningún caso los tres minutos de duración. El autor de esta nota prefiere a Lullaby from Westcoast sleepers sobre las demás. El quinto álbum ha sido llamado Infra y por primera vez los nombres de las piezas son decepcionantes, porque son repetitivos y genéricos (Infra 1, Infra 2, Journey 1, Journey 2…), sin embargo, la música no podría ser más espléndida. Hay un piano suave, sonidos de interferencia, voces gruesas que hablan como a través de la boca de un gramófono, tonos magnéticos, el ambiente es de aislamiento y extrañeza, mezclado con las visiones de algún paisaje del campo con neblina. La pieza mejor de este álbum es Infra 5.

El álbum sexto será objeto de una nota diferente incluida en este estudio; se trata de una recomposición reduccionista de las Quattro Stagioni de Vivaldi, sus adiciones florales embellecen la melodía y hasta ahora nunca había parecido tan necesario que se incluyera en la Primavera una canción cantada por pájaros.

El álbum séptimo es, en realidad, dos: Sleep y From Sleep. Son hasta ahora el proyecto más ambicioso de Richter, y él los ha descrito como una canción de cuna de 8 horas de duración. Spotify fragmenta a Sleep en 204 porciones, para hacerlas más digestivas; From Sleep es un resumen de Sleep en una horay el álbum que aparece en la plataforma musical puede escucharse en siete piezas. En cuatro oportunidades, Richter ha interpretado en vivo este álbum: Berlín, Ámsterdam, Madrid y Londres; la quinta vez fue interpretado por la Filarmónica de París, Richter probablemente estaba durmiendo.

Finalmente, el octavo álbum es Three Worlds: Music from Woolf Works, que recupera las melodías del ballet Woolf Works y las agrupa en un solo espacio musical. Las primeras cuatro piezas corresponden en el ballet al acto de Mrs. Dalloway, las once siguientes a Orlando, y la última a The Waves. El álbum abre con la voz de Virginia Woolf leyendo de su ensayo On Craftsmanship para la BBC en 1937 y cierra con una emotiva lectura de la carta que la escritora dejó a su marido antes de llenarse los bolsillos del abrigo con piedras y botarse al Támesis.

Para el autor de esta nota, el concepto de este último álbum es el más emocionante, pues se trata de un intento formal, profesional, y profundamente artístico de dar sonidos a la literatura. Max Richter ha demostrado en repetidas oportunidades su habilidad magistral para nombrar canciones; uno puede sentarse y escuchar la melodía, pero pareciera como que cobra más sentido cuando uno conoce su título; el título adiciona a las canciones. Entre los más impresionantes se encuentran La tiranía de la simetría y persistencia de imágenes de este último álbum, las consolaciones de la filosofía del álbum para Black Mirror, un catálogo de tardes para el segundo álbum, y por supuesto Sobre la naturaleza de la luz del día. Pero Richter no es sólo bueno nombrando a lo que compone, además es bueno componiendo para lo que otros ya nombraron.Max Richter ha dotado de soundtrack a la obra de una de las más grandes de la literatura contemporánea. No contento con darle música a grandes películas y series, Richter ha decidido también dar música a los libros que ama. Escuchar el resultado final de estos esfuerzos hace que el autor de esta entrada sueñe con que algún día un músico de igual talante se sienta atraído por la obra de Jorge Luis Borges, de Julio Cortázar, de Gabriel García Márquez, y cree la banda sonora de sus obras literarias.

Tras este dilatado catálogo de sus logros, el autor de esta nota puede al fin expresar abiertamente su más grande admiración por Max Richter. De él, lo disfruta todo. Su genio es comprensivo; su personalidad es sosegada; dice que su música es política, pero en ella sólo se siente el arte por el noble placer de entretener; mezcla los tonos y las palabras y las imágenes como si su verdadera ansia fuera la de producir belleza, o la de encontrarla; no tiene miedo a decir que no sabe, o que no conoce los mecanismos por medio de los que su arte se desarrolla; le complace darle libertad de interpretación a los músicos que trabajan con él; es sincero y cree en lo que dice creer. El producto del compositor es esa delicada confluencia de culturas, uno de los corredores en que se encuentran el oriente y el occidente de Europa; con sus canciones se viaja en el tiempo o se lo suspende o se lo rebasa, porque él es un hombre de su tiempo y de este tiempo, y de ese otro tiempo sin medidas que es la música. No sabemos si profundamente lo que trabaja a su mente inquieta es la tiranía de la simetría, la persistencia de imágenes, o la naturaleza de la luz del día, pero sea lo que sea que la trabaje, sólo nos queda desear que siga haciéndolo. La obra de Max Richter es una rara delicia.

© Nicolás Tascón, del texto, 2019. The Guardian, de la foto, 2015.


[1] Entrevista para la página 15questions, consultada en: https://www.15questions.net/interview/fifteen-questions-interview-max-richter/page-1/

[2] Artículo de Mark Pappenheim del 24 de noviembre de 1993, aparecido en el periódico británico The Independent. Consultado en: https://www.independent.co.uk/arts-entertainment/music-many-hands-make-light-work-piano-circus-had-a-problem-six-keyboards-but-only-one-piece-to-play-1506360.html

[3] Descripción de la ópera Sum hecha por la Royal Opera House británica. Consultada en: https://www.roh.org.uk/productions/sum-by-max-richter

[4] Video promocional de Rain Room por Random House. Disponible en:  https://www.youtube.com/watch?time_continue=5&v=FslABAyj2OA

[5] Video promocional del ballet Im Andern Raum. Disponible en: https://vimeo.com/87412899

[6] Nota sobre el ballet Woolf Works escrita por Max Richter. Consultada en: https://www.maxrichtermusic.com/music/

[7] Entrevista concedida a la página The Talks. Disponible en: http://the-talks.com/interview/max-richter/

Los Multiversos de Black Mirror

A los multiversos en la cultura los conocí primero a través de un libro que se llama El Castillo Prohibido. Fue escrito por Edward Packard, pensado para niños y está compuesto por 27 finales alternativos. El segundo en mostrarme el género fue Borges, con su Jardín de Senderos que se Bifurcan. Como ya me debía el concepto, la tercera vez que quise encontrarme con multiversos, consulté con la autoridad científica de Michio Kaku. Hoy 28 de diciembre de 2018, llego desprevenido a mi cuarto encuentro con el género a través de Black Mirror: Bandersnatch.

            El nombre es derivado de otro gran clásico de la literatura: Alicia a través del espejo. Pródigo en otros inventos, Carrol prefiere dejar en la oscuridad a este hijo suyo. Del Bandersnatch sabemos más bien poco: que aparece en el poema del Jabberwocky y en el de La Caza del Snark, que tiene un cuello largo y fauces frumosas, que es muy rápido y algo despiadado con los banqueros. Los postreros lo han imaginado como un jabalí, como un cruce entre bulldog manchado y gato blanco, como una oruga con fallas cardíacas, y que más no. La bestia imaginaria deja la impresión de estar hecha de aire liviano, tanto por ser diáfana en la definición como porque su único atributo material es ser escurridiza. Lo cierto es que es una elección extraña para nombrar a la primera película interactiva para adultos tanto de Netflix como de Black Mirror.

            En la cinta, Bandersnatch es el nombre de un endiablado libro de igual formato que El Castillo Prohibido, o que El Jardín de Senderos que se Bifurcan, aunque muchas veces más voluminoso que ambos. Fue escrito por un desquiciado que terminó cometiendo un crimen. El libro es inspiración para un programador joven de los años ochenta, que quiere realizar un juego de video en el mismo formato de creación de una historia con múltiples finales posibles. Quizás estos sean los únicos puntos en los que todos los espectadores podemos coincidir.

            La película es toda una experiencia. Cuando voy a verla en mi laptop, me encuentro con el primer impasse. Los personajes de capítulos precedentes de la serie se disculpan conmigo y un anuncio me indica que sólo es posible ver el largometraje en dispositivos que muestren la cubierta con una cinta arriba a la derecha. Pienso desistir, pero termino cambiando de dispositivo. Como me gusta tener todo preparado, agarro lápiz y papel, y comienzo a escribir las opciones que escojo y las que no, para ver cuántos caminos son posibles. Esto es un juego estadístico. Árboles de decisiones. Al final no me sirven de nada porque así de enrevesada es la trama. Aparece el joven programador, luego el juego me pregunta qué quiero para su desayuno.

            Tengo mi primer final a la cuarta decisión. El juego/serie me obliga a ser un antisocial. A la octava decisión debo hacer del protagonista un stalker. A la novena, intento preservar la integridad de su cuerpo, pero un interlocutor eventualmente obliga al protagonista a hacer lo contrario de lo que yo le indiqué. Este es mi primer choque directo la filosofía a través de la serie: el sistema en que vive el protagonista es determinista en la medida en que yo lo determino, sin embargo es estocástico en la medida en que el albur determina mis decisiones, pero además no es solipsista, porque no soy sólo yo quien determina el mundo determinístico del protagonista, sino también su amigo. Alucinante. A la onceava decisión, debo escoger para mi protagonista entre el suicidio propio o el de alguien más; descubro que la película espera de mí como espectador que mantenga a toda costa vivo al protagonista, y que inflija sufrimiento tanto como me lo permitan mis medios. No puedo mantener al protagonista lejos de los calmantes sin que termine la serie, no puedo cuidar de su mente destruyendo la computadora que lo recluye sin conocer el final, eventualmente debo escoger entre hacerlo un asesino o un enfermo mental. Y así es como la película me obliga a sacrificar la ética para satisfacer la curiosidad. A la altura de mi treintaicuatroava decisión, me encuentro con un primer final. Los finales están dictados por un comentario que hace algún joystickero de los años 80 por televisión dándole un puntaje al juego; a veces el protagonista está muerto, las otras veces está vivo pero en situaciones miserables, hasta donde sé, nunca hay un final feliz. Decido comenzar de nuevo.

            En unas cuatro horas de interacción con la película, encuentro al menos dos finales en los que se reproducen los créditos. Uno de ellos es violento y terrorífico, el otro es tristísimo. Ni siquiera sé si contarlos equivalga a hacer spoilers, porque la película es tan diversa que ya sería una suerte si al menos diez personas en diez kilómetros redondos hubiéramos visto la misma secuencia de escenas. Esa es una de las magias de la cinta. Otra de estas magias son los temas que trata, y en algunos momentos, las escenas con que los trata. El protagonista se queja ante un interlocutor de que siente que algo o alguien está decidiendo por él en las pequeñas cosas, y todos hemos sentido eso alguna vez. Un personaje le dice al protagonista que el pasado es inamovible, otro más le dice que el tiempo es discontinuo, sólo un constructo, que vivimos en múltiples realidades al mismo tiempo, que si escuchamos con atención podemos notar el código en que estamos escritos. Un personaje hace de Pacman la metáfora más triste. Un personaje indica que no existe la culpa porque todo está predeterminado, que el libre albedrío no existe. El protagonista (quizás en el momento más aterrador de la cinta) pregunta al cielo ¿quién está ahí? ¿quién eres tú? ¿por qué estás haciendo esto? y a uno se le eriza el vello de la nuca porque siente como que le están hablando directamente. El espectador tiene la falsa sensación de libertad; de que él decide qué está sucediendo, cuando lo que en realidad pasa es que debido a los puntos muertos, el espectador está siguiendo las instrucciones tácitas de los realizadores, así que ni siquiera él es libre de las influencias externas; el protagonista está doblemente atrapado en el determinismo, aunque en una escena reconoce que este fenómeno pasa, y se vuelve él mismo el realizador de un universo determinado para los personajes de su videojuego.

            Lo feo de ese último efecto es que así se falsean las escenas de terror, porque implican que el espectador debe sentirlo por fuerza, y no con naturalidad. A esto se suma el hecho de que el formato es cansino, o perfecto para el contenido subliminal; uno termina viendo la misma película muchas veces para modificar una sola decisión. Si bien es cierto que cuando termina la experiencia uno puede compartir con sus amigos los finales que vio, también es cierto que los excesos de violencia obligatoria o de tristeza gratuita terminan difuminando la película hasta la vaguedad. Finalmente, la tecnología pareció brillar por su ausencia en una serie que se fundamenta en el horro tecnológico del mundo moderno. La referencia a un videojuego parece distar bastante de aquellos perros robóticos y futuristas que cazaban humanos en el otro episodio de la serie dirigido por David Slade.

            A pesar de los grandísimos esfuerzos que debe haber supuesto escribir, producir, dirigir y realizar una película como esta, siempre es un alivio saber que no representará la totalidad de una temporada de Black Mirror. Los espectadores seguiremos esperando, ansiosos por saber qué nuevas pesadillas traerá para nosotros la quinta temporada.